La Condesa Sangrienta. Materia de leyendas, de reflexiones literarias, musa invocada en un sinfín de ceremonias veladas. Lo cierto es que a esta noble del siglo XVI, nacida al cobijo de uno de los clanes más poderosos de Hungría, solo la recorría una obsesión: la juventud eterna. Esa, ninguna otra, era su certeza, su norte; y su pérdida, una pesadilla animal sostenida en la vigilia. Y entonces, la sangre, como elixir, como medicina blasfema. Como conjuro contra el tiempo. La sangre de mujeres jóvenes, de niñas que cazaba a su antojo para dar rienda suelta a una crueldad sin límites. Sin medias tintas, lejos de lugares comunes y juicios triviales, Florencia Canale encarna en su nueva novela la complejidad de un personaje que interpela el presente desde un lugar por demás incómodo: el mandato de la belleza sostenido aun a costa de lo aberrante. Es en ese lugar, en el que cualquier tipo de sentido caduca, donde esta Maldita se hace fuerte y, en su plena desmesura, se atreve a mirarnos a los ojos.