En los países de habla hispana se tiene la vieja costumbre de desperdiciar la obra de Mark Twain. Es cierto que se le conocen los chistes, tal como en la Argentina sucedió muchos años con Macedonio Fernández. Pero son los menos quienes saben de las profundas negruras de su humor, de sus textos reverenciales ante lo amoroso, de que en la literatura de este norteamericano genial yace el germen que nutre a Bellow, a Purdy, a toda la novelística norteamericana presente. En este Diario de Adán y Eva los lectores encontrarán al Mark Twain desconocido. Convertido ya en un clásico, jóvenes (y no tanto) de todo el mundo se han deleitado con este relato.